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También celebraron con homenajes y regalos el fuego de
Pillán, el fuego de lo más hondo de la tierra que escupen
las bocas enojadas o dolientes volcanes. ¿Acaso Pillán, el
que vive arriba de las montañas, no comanda las terribles
tormentas de fuego del Cielo y de la Tierra? ¿Sus rayos no
destruyen y queman el corazón de la vida?. Por eso lo
respetan y veneran, para que no se enoje y traiga el fuego
que devora...
Y
sacralizaron el cherufe, el fuego celeste de los aerolítos
que caen y que misteriosamente se vuelven piedra colorada
y ya nunca más arden... Aunque: ¿qué habrá pasado con el
fuego?, ¿estará sólo dormido o se habrá ido como los
innombrables al más allá?
Y
hasta honran mudamente a los fuegos fríos de las lejanas
estrellas, porque los viejos de los loncos dicen que allí
viven los espíritus de los antepasados, las almas de los
que se fueron, y desde arriba contemplan sus parientes con
el permiso del Elal...
E
creencia aborigen del Sur de América viven, desde hace
incontables lunas, entidades mágicas en relación con
fuegos malditos... como los de Anchimallén araucano, el
duende enano que sirve a los brujos del diablo, el que
roba para "el daño", el que ciega con su presencia por que
la lucen la que se transforma es maligna... cuando su
radiación brillante y fugaz aparece en los campos o en las
montañas o en las ramas de los árboles o en los techos de
las rucas...el indio tiembla porque significa la muerte
para alguien: ¿a quién se llevará esta vez la luz mala?.
Dicen en voz baja que los anchimallenes son criaturas que
los brujos alimentan con las míticas leche, sangre y miel,
y que quién posea uno multiplicará su hacienda y tendrá
protegidos sus ganados... Hay quién paga mucho al brujo
para tener un niño anchimallén, y también quien lo roba, y
hasta quien lo seduce para sus propios huertos, observando
bien cuál es el alimento que le gusta más y poniéndolo a
su alcance en abundancia en determinados lugares del
campo... y es fama entonces que "por goloso pierde la
vida" el anchimallen, pues los astutos hechiceros, sus
verdaderos dueños, siempre se enteran, ¡y lo castigan con
la muerte por su negligencia!...
Claro que la memoria de los mapuches siempre ha tenido un
lugar para el ideal luminoso de la mítica Antú Malguén. Es
la joven, y bella amada de Antü (el sol), la que parece
flotar, delicada y frágil, junto al estanque de las
totoras, allá en la cumbre del Domuyo. Dicen que cantan
melodías que son como suspiros de la brisa mientras peina
sus largos cabellos rubios con peine de oro reluciente...
¿Por qué a veces su canto es un lamento y otra una risa
feliz?. Nadie lo sabe, pero la fina voz que parece agua y
que parece viento rueda ladera abajo por las rocas del
volcán divino.
Sólo unos pocos osados que burlaron al toro y al potro del
Domuyo han logrado ver Antü Malguén en la cima sagrada.
Para unos huye disuelta en llama de cherufe al sentirse
sorprendida, para otros se sumerge veloz en las aguas
porque es la sirena Coñi Lafquén (hija del lago)... pero
ni unos ni otros han podido olvidar el hechizo fascinador
de la doncella de oro luz. Tal vez se deba a que Antü
Malguén se funden el fuego de la creación: el SOL.
Por eso mientras viva en el gran volcán andino y peine sus
fantásticos cabellos los fuegos de las tribus milenarias
no se apagarán, y los viejos continuarán contando y
recordando su historia y las historias de todos los mitos,
nacidos al calor de la llama que un día les regalará Elal...
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