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Esta historia sucedió en alguno de los tantos pueblos
chicos del interior de nuestro país, cuando todos sus
habitantes se reunieron para uno de los festejos más
importantes del año: la fiesta patronal.
Para este
tipo de eventos solía llenarse la plaza de todo tipo de
vendedores ambulantes, y entre ellos se encontraba un
vendedor de globos...
Habían
transcurrido ya varias horas, pero el globero no había
vendido aún ni un solo globo, entonces se le ocurrió una
muy buena idea que le serviría para llamar la atención de
sus pequeños clientes: soltaría un globo y lo dejaría que
vuele...
Al
instante los niños comenzaron a ver al danzarín globo rojo
que volaba sobre sus cabezas. Cada vez más chiquilines
corrían detrás de él, saltando, esforzándose por
atraparlo. En ese momento al ver el globero el entusiasmo
provocado decidió acrecentarlo y soltó al aire un globo
violeta, y luego uno de los más bonitos: el que tenía
forma de estrella, lleno de muchos colores.
Y así
como por arte de magia, los niños pedían, suplicaban a sus
padres que les compraran un globo; el globero había
comenzado a vender un globo detrás de otro, y rodeado por
completo de niños que elegían colores y preguntaban
precios, el globero llegó a detectar una carita triste,
era la de una negrito, sucias sus ropitas, descalzo, quien
con lágrimas en la cara no quitaba la mirada de su manojo
de globos. Inmediatamente aquél hombre interpretó la
angustia de aquél niño, se le acercó y dispuesto a
regalarle un globo le preguntó:
- ¿Querés
un globo?
- No, le
respondió el niño.
- Pero te
lo regalo, no tenés que comprarlo... (El niño volvió a
hacer un gesto de negación con su cabeza).
- Contame
qué te pasa que estás así - dijo el globero.
- Señor,
si usted suelta ese globo negro que tiene ahí, ¿subirá tan
alto como los otros globos?
Ahí el
globero realmente comprendió su preocupación. La cuestión
no era tener o no tener un globo, era ser o no ser como
los demás.
Entonces
el globero tomó el globo negro, se lo dio al niño y le
dijo:
- Toma,
hace la prueba.
El nene
soltó entonces el globo y mientras lo veía subir, saltaba,
festejaba, sus ojos se habían llenado de alegría, se reía
completo de felicidad.
En ese
momento, se le acercó el globero, comenzó a acariciarle la
cabeza y le dijo al oído:
- Te voy
a decir un secreto chango: LO QUE HACE SUBIR PARA ARRIBA,
NO ES NI EL COLOR, NI LA FORMA, SINO LO QUE TIENE
ADENTRO...
Un cuento
de Mamerto Menapace.
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