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Pero el cambio no calmo la pena del
flamenco y, después de seguir a Elal detrás del cisne en
su vuelo sobre el mar, se refugio en las ocultas lagunas
de la Patagonia, donde vive rodeado únicamente de los
suyos y se pasea con el cuello curvo y la cabeza gacha,
para que nadie advierta su mirada de tristeza.
Otro que llego tarde a la cita de Elal fue
Mexeush, el choique. Cuando Patenk, el zorro, fue a
avisarle que el niño lo esperaba en la orilla de la
laguna, tuvo intenciones de ir a su encuentro. Estaba por
echarse a volar cuando advirtió que se acercaba uno de los
gigantes; entonces, acobardado, decidió ir caminando en
dirección opuesta y dar un rodeo. Cuando finalmente llego
a donde todos lo esperaban, Elal, enojado, lo castigo
quitándole la facultad de volar.
Por eso Mexeush, a pesar de que sus alas son grandes y
poderosas, no puede planear como el con el cóndor por
encima de las cumbres, ni seguir a las canoas por el mar
como los cormoranes, ni revolotear de mata en mata como
los chingolos. Tiene que conformarse con correr,
velocísimo, por la estepa, agitando vanamente sus alas
inútiles.
Dicen que cuando los animales, reunidos en asamblea por el
llamado de Terr-Werr, decidieron salvar a Elal enviándolo
a la Patagonia, pensaron en que solamente tres aves
reunían las condiciones necesarias para poder cruzar el
mar llevando en su lomo al niño hasta su tierra. Por eso
Terr-Werr convoco al cisne, al choique y al flamenco.
Pero, mientras los dos últimos se dirigían con retraso a
la cita con Elal, Kòokne, el cisne, avisado por el
chingolo, nado derechamente hacia el escondite y accedió
sin vacilar al pedido del tuco-tuco.
Mientras escuchaba las indicaciones de Kius, y Terr-Werr,
el cisne esponjo las blancas plumas de su espalda para
recibir a Elal, que se acomodo allí como en un nido.
Carreteo un buen trecho por el campo y, con un grito de
despedida, se elevo en el aire rumbo al oeste, con su
vuelo vigoroso y sostenido, que parecía incansable. Nadie
conoce los detalles del viaje, pero dicen los tehuelches
que fue durante su transcurso que el niño y el cisne se
hicieron amigos para siempre. Que fue allí, en las
alturas, donde Kòokne llamo “Elal” por primera vez a esa
criatura sin nombre.
Elal y el cisne volaron dejando atrás la isla, por encima
del mar inmenso, hasta avistar la montaña azul de la que
les había hablado Kìus. Allí, en la cumbre del chalten, se
poso Kòokne y cuido a Elal durante tres días y tres
noches, hasta que estuvo listo para bajar y comenzar su
obra en la Patagonia. Entonces el cisne se retiro a las
lagunas y a las costas del mar, desde donde se dice que
todos los amaneceres recuerda a Elal y lo llama con un
grito.
Así paso mucho tiempo y, una vez terminada su obra
civilizadora, cuando Elal decidió marcharse de la
Patagonia, volvió a buscar a Kòokne. Dicen que el héroe
monto en el cisne y se fue volando, siempre hacia el este.
Cuentan que cuando Kòokne estaba cansado se lo decía a
Elal, y el jinete lanzaba una flecha que se un día en el
agua. En ese punto surgía una isla, a donde Kòokne se
posaba para recuperar sus fuerzas.
Por eso los cisnes son sagrados para los tehuelches. No
los cazan ni los domestican para no atraerse la desgracia
y, cuando un cisne muere, ni siquiera los cóndores y otras
aves carroñeras se animan a despedazar su cadáver. Así lo
dispuso la voluntad de Elal.
Dicen que al principio los tehuelches enseñaban a sus
hijos a cuidarse del cóndor, que de vez en cuando
sorprendía en el cerro a un chico solitario y se lo
llevaba para siempre a su guarida. Elal, que tenia en ese
entonces cuatro años, estaba un día echado boca arriba,
mirando el cielo abierto, donde las nubes se unían y
separaban en una ronda interminable, cuando vio un punto
oscuro y lejano que, balanceándose, se acercaba cada vez
mas.
Por la manera de planear, tardo un poco un reconocer al
cóndor, entonces preparo una flechita para calzar en el
pequeño arco que había fabricado y acostado, como estaba,
apunto hacia arriba, hacia el vientre negro del gran
pájaro que descendía. La flecha dio en el blanco y el
cóndor bajo aleteando ensordecedoramente hasta donde
estaba Elal, que le dijo:
- solamente quiero que me des una pluma
El cóndor gritaba:
- No te voy a dar! No te voy a dar!
Y entonces Elal, de un manotón de su pequeña mano, le
arranco todas las plumas de la cabeza y lo dejo pelado,
tal como lo conocemos hoy.
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