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El Forjador de Pájaros

Segunda parte

 

Pero el cambio no calmo la pena del flamenco y, después de seguir a Elal detrás del cisne en su vuelo sobre el mar, se refugio en las ocultas lagunas de la Patagonia, donde vive rodeado únicamente de los suyos y se pasea con el cuello curvo y la cabeza gacha, para que nadie advierta su mirada de tristeza.

Otro que llego tarde a la cita de Elal fue Mexeush, el choique. Cuando Patenk, el zorro, fue a avisarle que el niño lo esperaba en la orilla de la laguna, tuvo intenciones de ir a su encuentro. Estaba por echarse a volar cuando advirtió que se acercaba uno de los gigantes; entonces, acobardado, decidió ir caminando en dirección opuesta y dar un rodeo. Cuando finalmente llego a donde todos lo esperaban, Elal, enojado, lo castigo quitándole la facultad de volar.
Por eso Mexeush, a pesar de que sus alas son grandes y poderosas, no puede planear como el con el cóndor por encima de las cumbres, ni seguir a las canoas por el mar como los cormoranes, ni revolotear de mata en mata como los chingolos. Tiene que conformarse con correr, velocísimo, por la estepa, agitando vanamente sus alas inútiles.
Dicen que cuando los animales, reunidos en asamblea por el llamado de Terr-Werr, decidieron salvar a Elal enviándolo a la Patagonia, pensaron en que solamente tres aves reunían las condiciones necesarias para poder cruzar el mar llevando en su lomo al niño hasta su tierra. Por eso Terr-Werr convoco al cisne, al choique y al flamenco.
Pero, mientras los dos últimos se dirigían con retraso a la cita con Elal, Kòokne, el cisne, avisado por el chingolo, nado derechamente hacia el escondite y accedió sin vacilar al pedido del tuco-tuco.
Mientras escuchaba las indicaciones de Kius, y Terr-Werr, el cisne esponjo las blancas plumas de su espalda para recibir a Elal, que se acomodo allí como en un nido. Carreteo un buen trecho por el campo y, con un grito de despedida, se elevo en el aire rumbo al oeste, con su vuelo vigoroso y sostenido, que parecía incansable. Nadie conoce los detalles del viaje, pero dicen los tehuelches que fue durante su transcurso que el niño y el cisne se hicieron amigos para siempre. Que fue allí, en las alturas, donde Kòokne llamo “Elal” por primera vez a esa criatura sin nombre.
Elal y el cisne volaron dejando atrás la isla, por encima del mar inmenso, hasta avistar la montaña azul de la que les había hablado Kìus. Allí, en la cumbre del chalten, se poso Kòokne y cuido a Elal durante tres días y tres noches, hasta que estuvo listo para bajar y comenzar su obra en la Patagonia. Entonces el cisne se retiro a las lagunas y a las costas del mar, desde donde se dice que todos los amaneceres recuerda a Elal y lo llama con un grito.
Así paso mucho tiempo y, una vez terminada su obra civilizadora, cuando Elal decidió marcharse de la Patagonia, volvió a buscar a Kòokne. Dicen que el héroe monto en el cisne y se fue volando, siempre hacia el este. Cuentan que cuando Kòokne estaba cansado se lo decía a Elal, y el jinete lanzaba una flecha que se un día en el agua. En ese punto surgía una isla, a donde Kòokne se posaba para recuperar sus fuerzas.
Por eso los cisnes son sagrados para los tehuelches. No los cazan ni los domestican para no atraerse la desgracia y, cuando un cisne muere, ni siquiera los cóndores y otras aves carroñeras se animan a despedazar su cadáver. Así lo dispuso la voluntad de Elal.
Dicen que al principio los tehuelches enseñaban a sus hijos a cuidarse del cóndor, que de vez en cuando sorprendía en el cerro a un chico solitario y se lo llevaba para siempre a su guarida. Elal, que tenia en ese entonces cuatro años, estaba un día echado boca arriba, mirando el cielo abierto, donde las nubes se unían y separaban en una ronda interminable, cuando vio un punto oscuro y lejano que, balanceándose, se acercaba cada vez mas.
Por la manera de planear, tardo un poco un reconocer al cóndor, entonces preparo una flechita para calzar en el pequeño arco que había fabricado y acostado, como estaba, apunto hacia arriba, hacia el vientre negro del gran pájaro que descendía. La flecha dio en el blanco y el cóndor bajo aleteando ensordecedoramente hasta donde estaba Elal, que le dijo:
- solamente quiero que me des una pluma
El cóndor gritaba:
- No te voy a dar! No te voy a dar!
Y entonces Elal, de un manotón de su pequeña mano, le arranco todas las plumas de la cabeza y lo dejo pelado, tal como lo conocemos hoy.
 

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