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¿Quién protege el
patrimonio cultural?
nota extraída de Diario Clarín
www.clarin.com
Coleccionistas en guerra
Tomar contacto con los coleccionistas
de Buenos Aires no es tarea fácil. Desde el escándalo de
película que envolvió en noviembre de 2000 a los
comerciantes Eduardo Janeir y Carlos Languasco, cuando
la Policía Aeronautica Nacional les secuestró en dos
locales de San Telmo unas 15.000 piezas que, se dijo,
habían sido saqueadas de distintos sitios arqueológicos
del Perú, la mayoría se abstiene de hablar con la
prensa. Se sabe, eso sí, que todos repudian la nueva
ley. Incluso, hay un caso que ilustra perfectamente el
estado de ánimo de casi todos los coleccionistas
particulares, algunos dueños de verdaderas fortunas en
piezas precolombinas. El caso paradigmático es el del
politólogo y coleccionista Mateo Goretti, quien pensaba
abrir un museo de etnografía y arte precolombino el año
pasado en Buenos Aires, pero no bien los conceptos de la
ley llegaron a sus manos, desistió rápidamente de su
idea. Finalmente trasladó todas sus piezas al Uruguay,
donde, según dicen quienes lo conocen, recibió una
oferta del propio alcalde de Montevideo para realizar su
proyecto en esa ciudad, sin ningún tipo de condiciones
al proyecto original, según el cual Goretti donaría las
piezas a una sociedad estatal; pero hubo una condición:
el museo sería administrado por un ente privado.
Oficiando de vocero de los
coleccionistas, el antropólogo e investigador de la
Smithsonian Institution, Edgardo Krebs, escribió desde
los Estados Unidos un artículo que fue publicado tiempo
atrás en un diario local.
"Puede argüirse con toda razón que el
patrimonio cultural de un pueblo pertenece al pueblo
—escribió allí Krebs—. Es más difícil argüir que ese
patrimonio pertenece al Estado, que es finalmente un
grupo de burócratas, muchos de ellos no elegidos por el
voto popular". Krebs insiste en que los grandes museos
del mundo —el Louvre de París, la Nationall Gallery of
Art de Washington— fueron creados originalmente por
grandes colecciones privadas, como el Malba de Buenos
Aires, y culpa a la nueva Ley de Patrimonio Arqueológico
por el "exilio en el Uruguay" de la colección con la que
Mateo Goretti pensaba abrir su museo en Buenos Aires.
Egresado de Filosofía y Letras,
especializado en Antropología y profesor de Latín en la
UBA hasta que Onganía decidió echar a bastonazos del
país a una considerable porción de brillantes
intelectuales, Jorge Fernández Chiti tiene un museo en
Palermo, donde exhibe 1.500 piezas de cerámica
precolombina de casi todas las culturas indígenas
locales. Se reconoce coleccionista y no está de acuerdo
con la ley 25.743, pero su postura difiere de la de sus
colegas.
"La nueva norma —dice Fernández Chiti—
establece que el Estado tiene el dominio (para
legislación argentina eso significa tener la propiedad)
de los materiales, y nos otorga a los coleccionistas la
tenencia de las piezas, lo que implica a su vez una
enorme responsabilidad. ¿Qué pasa si un día yo no estoy
en mi casa y me roban las piezas? ¿Soy el responsable
ante la ley? Cualquiera podría suponer que me las robé
yo mismo para sacarlas del país, venderlas y hacerme
millonario en dólares. Así, lo que consigue esta ley es
generar un mercado negro internacional para las piezas
argentinas, algo que en el contexto latinoamericano sólo
ocurre en México y Perú. Queriendo cerrar una canilla
que goteaba, sus autores abrieron un dique; ahora, los
saqueadores de sitios que antes le vendían una pieza a
alguien en Buenos Aires van a venderlas masivamente en
Europa y en los Estados Unidos, donde por una vasija
cualquiera paga 30 mil dólares".
En esta cuestión, Fernández Chiti, es
terminante: "Los autores de la ley no tuvieron
consideración alguna con los coleccionistas, gente
honesta, muchos de ellos, que dedicó parte de su dinero
a la compra, restauración y conservación de estos
objetos; gente que hoy cuida y muestra sus piezas al
público. Aunque no estoy de acuerdo con Goretti. Me
parece que no tiene por qué llevarse del país 3 mil
piezas que pertenecen al patrimonio nacional; pero las
autoridades tuvieron poquísimo tacto con él".
Feliciano tiene una denominación para
la labor de los coleccionistas honestos: "Trabajan
—dice— río arriba". Y lo
explica: "Hoy nadie duda de que ciertas piezas, como un
cuadro de Picasso, por ejemplo, es una obra de arte de
inmenso valor patrimonial; eso ya es un lugar común.
Pero para que ese cuadro se convirtiera en lugar común y
en conciencia colectiva del patrimonio —insiste
Feliciano— tuvo que darse un hecho radical: alguien tuvo
que comprar en su momento la obra que aún no tenía ese
valor y conservarla, cuidarla, valorizarla. El papel del
coleccionista es, en ciertos casos, indispensable."
· continuación... |
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