|
Kan decidió
continuar su historia, al menos se la contaría a si mismo.
Para su sorpresa, cuando volvio a hablar, las risas se
callaron automáticamente.
- Sí, mi padre me
había advertido, y ese mismo día me llené de energía y
decisión, de ilusión y entusiasmo, y caminé fuerte para
luchar.
- Veo que no lo
bastante - contestó ridiculizando el horrible viejo
- Cierto saco de
huesos, no lo bastante - rió esta vez Kan - Después de
aquel día yo empecé a trabajar, empecé a transformarme
como un Samurai. Mi padre me había avisado que eso sería
un trabajo de muchos años, sin embargo yo, internamente me
fijé una fecha, mi orgullo me dictaminó que para conseguir
lo que otros necesitan años, o un mínimo de un año, yo lo
conseguiría en un mes. Porque yo era especial, yo era el
hijo de Kazo, tenía la sangre y la carne del mejor de los
Samurais y para mi sería todo mucho más sencillo.
- Eso sí que es
una imbecilidad - dijo el viejo, aunque esta vez de una
forma casi comprensiva - pero no fuiste tú quien plantó
esa idea en tu cabeza, fue un fantasma del miedo y del
fracaso, el fantasma del orgullo que nos destierra de la
manera más sutil al fracaso total, al hacernos creer que
como somos especiales conseguiremos en unos días lo que
los demás necesitan años de dedicación y trabajo. - Esta
vez el apenado parecía el pobre saco de huesos.
- Cuando pasó el
mes - continuó Kan lleno de dolor - resultó que yo no era
un Samurai cualificado.
- Normal - replicó
el anciano - para eso se necesita haber aprendido mucho y
una gran experiencia, fue tu orgullo lo que te mató.
- Sí, - respondió
Kan - parece una obviedad y es que es así como fue, fue mi
orgullo y mi... avaricia por querer ser el mejor
rápidamente lo que acabó conmigo.
- Bueno exmozuelo
- dijo riéndose el saco de huesos - la avaricia, el
orgullo, el querer ganar más y más rápido sin seguir su
orden natural, el pensar que la vida tiene que darle a uno
lo que no se merece cuando no se merece y cuando no lo
consigue rápidamente abandonar, es lo que define a los
cobardes, a los chaqueteros que van de un lado a otro sin
pasar más que unos pocos días o meses en un mismo lugar.
Son los traidores que cambian de bando continuamente con
tal de intentar conseguir rápidamente lo que desean. Son
seres horribles y despreciables que nunca consiguen lo que
quieren y que siempre se enfadan, se frustran y fracasan.
- ¡Pero yo no era
así! - Replico Kan
La voz se rió esta
vez más fuerte que nunca, su horrible sonido rompió los
hilos del espíritu de Kan haciéndole sufrir el mayor de
los dolores.
- No hables tan
alto jovencito!!! - Rió el viejo sarcásticamente - no me
digas tan rápido como no eras que no me dejas ver tus
obras!!! - Y después de mirarle fijamente dijo - Todos
somos así jovencito, esa asquerosa cualidad de querer
recibir sin dar, de querer tener ya sin merecerlo, esa
porquería esta presente en el alma de todos y cada uno de
los mortales, y han de limpiarla muy bien antes de poder
decir que no son así... y al fin y al cabo, tú abandonaste
¿No es así? ¿Acaso no fracasaste, moriste y estás aquí con
migo? Si en verdad no hubieras sido así, entonces no
estarías aquí.
- Tienes razón
saco de huesos - dijo al fin el joven - yo no era así
cuando empecé, pero si cuando finalicé fracasando y
abandonando. Me convertí en un ser despreciable y al fin
acabé aquí. - Después de pensar un poco añadió - Lo que
pasó es que me hicieron así.
La risa volvio a
romper sus tímpanos, esta vez era, si puede ser, más
desagradable, rastrera y dañina que las anteriores veces.
- SERÁS CÍNICO
IMBÉCIL!!! Nunca nadie te hará de otra manera que no sea
la que tú quieras. SI DE ALGO ES LIBRE TODA PERSONA, ES DE
DECIDIR COMO PENSAR Y COMO SENTIR.
Kan reconoció la
verdad, había abandonado presa de una frustración
temporal, de una muy profunda que le había hecho sentirse
muy muy mal. Sus temores habían crecido, se había
entregado a los Fantasmas del Miedo y del Fracaso, les
había escuchado y eso le había conducido al peor de los
sufrimientos... aún sabiendo que podía ocurrir, se había
entregado a ellos.
En ese momento el
viejo se levantó, estaba totalmente desnudo, y en ese
momento Kan se dio cuenta que él también estaba totalmente
desnudo y blanco como el propio mármol.
- Ven hijo,
tenemos que cultivar nuestros campos eternos.
Kan no sabía de
que hablaba el viejo, pero decidió seguirlo, eso sería
mejor que seguir allí sufriendo.
La tierra era
negra como la oscuridad y el cielo tenía también un color
negro. Sólo una extraña luz blanca iluminaba los
contornos, una luz que no podía identificar de donde
surgía.
El viejo señaló
dos campos y dijo al joven:
· continuación... |