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- Aquellos dos
campos juntos son el tuyo y el mio. Como ves yo apenas
tengo ya carne y soy puro hueso, pero mi sabiduría es
grande, si tú con tu fuerza me ayudas labrando mi campo,
luego yo te ayudaré enseñándote como labrar el tuyo.
Kan asintió con la
cabeza pues le pareció un trato justo, además, después de
todo ¿Qué más podía hacer? ¿Aburrirse eternamente?
- Unos de estos
cestos contienen semillas de trigo sano y otros de cardos
y espinas. Los cestos dorados y bellos contienen las
semillas de trigo sano - dijo tomando un puñado - y los
mugrientos cestos los de las espinas.
"" Ese campo -
continuó - es tu alma, tal y como era cuando estabas vivo.
Sólo que ahora ha sido limpiada, arada de nuevo.
Acompáñame para que veas como trabajan los vivos los
fértiles campos de sus almas.
Kan quedó
sumamente impresionado por esta última afirmación y le
siguió ligeramente esperanzado.
Después de caminar
en silencio por un tortuoso camino donde los guijarros se
clavaban en sus pies creándole un sufrimiento inmenso,
llegaron a un pequeño monte desde el que podían ver a
coloridos espíritus paseando y labrando sus propios
campos.
Kan, desde lo
lejos, podía ver a estos seres vivos y veía que a cada
lado portaban un fajo dorado y otro del color de la
podredumbre. La mayoría arrojaba un puñado de dorado trigo
primero y luego otro de negras semillas de zarzas.
Kan quedó
enormemente impresionado por esta actitud y continuó
andando con el viejo, que no pronunciaba una sola palabra.
Después, llegaron a otro campo que estaba medio lleno de
trigo y medio lleno de espinas. El propietario vivo, parte
del tiempo estaba feliz retozando entre los dorados brotes
de trigo, y la otra parte, estaba sufriendo pinchándose y
sangrando al caminar entre las espinas de los cardos y las
zarzas.
Sorprendido vio
como el viejo tomaba un puñado de semillas de zarza y lo
arrojaba hacia los campos de los vivos.
Después, sin decir
una sola palabra, retornaron a sus propios campos.
- Ahora mozuelo,
quiero que tomes ese podrido cesto de zarzas y lo plantes
por todo mi campo - ordenó el viejo, y al ver que Kan iba
a protestar, remarcó su orden con una funesta mirada.
Kan tomó el pesado
fardo y fue repartiendo las pegajosas semillas por el
campo del anciano. ¿Por qué haría tal cosa?
Finalmente,
después de dos horas de duro trabajo, Kan acabó. Parecía
que estar muerto tenía sus ventajas, el cansancio no era
nada comparado con ese enorme dolor de su espíritu que
parecía ser toda su existencia.
- Dime anciano -
preguntó al fin Kan - ¿Por qué me has mandado plantar
zarzas? ¿Deseas sufrir?
- Todo lo
contrario joven - contestó sorprendentemente el saco de
huesos - lo que más deseo es ser feliz y triunfar.
- ¿Pero acaso las
zarzas no son sufrimiento y el trigo no es la felicidad? -
Dijo sorprendido Kan - ¿Y acaso por cada semilla que
siembras no recoges un ciento de lo sembrado?
- Así es -
contestó el anciano.
- Entonces... -
dijo el joven samurai - ¿Por qué no plantas hermoso trigo
y recoges felicidad? ¡No es lógico plantar zarzas y
esperar recoger trigo!
El anciano parecía
turbado.
- Sí, tiene lógica
lo que dices joven - dijo al fin - pero dime, yo miro a
todos esos seres vivos y presupongo que serán más sabios
que yo... pues ellos están vivos. ¿Tú crees que ellos
quieren ser felices o que quieren sufrir?
- Estoy seguro que
quieren ser felices - contestó rápidamente Kan.
- Entonces... -
dijo el anciano - ¿Por qué crees que plantan zarzas junto
al trigo? ¿Por qué crees que utilizan un puñado de trigo y
otro de zarzas? ¿Por qué crees que son algunas veces
felices y otras sufren? ¿Por qué crees que no plantan
siempre Trigo para ser siempre felices?
Kan meditó durante
un rato con lentitud, después de todo estaba muerto y el
tiempo le era indiferente.
- Porque no son
tan sabios como creen - dijo al fin totalmente seguro de
si mismo - porque su orgullo por hacerles creer que son
mejores les hace ser - sonrió al decirlo - IMBECILES!!!
"" Si fueran
inteligentes, plantarían solo trigo y serían siempre
felices - después aseguró - si yo estuviera vivo, no
desaprovecharía la oportunidad y sembraría siempre trigo
en mi alma, para recibir siempre felicidad y ser siempre
feliz.
Kan estaba a punto
de prometer que siempre plantaría felicidad en su alma...
cuando se dio cuenta de que ya era tarde para hacerlo
porque ya había abandonado.
- Dime jovencito -
Preguntó curioso el saco de huesos - si es verdad lo que
me dices... ¿Por qué no plantaste ese trigo cuando estabas
a tiempo? - y curioso continuó - ¿Sabes? Yo te observé
durante mucho tiempo, al principio plantaste un buen
puñado de trigo, un muy buen trigo que brotó y te hizo
feliz. Luego vi como otros plantaban un puñado de zarzas
en tu alma y como tu alma se cortaba internamente con
estas zarzas.
· continuación... |